Negociar y ponerse en el lugar del otro son dos claves para lograr que sean positivas.
Que una pareja discuta muy de vez en cuando no está mal visto. Sin embargo, cuando las discusiones son más repetitivas y hasta violentas evidentemente es un indicio de que algunas cosas no funcionan bien en ese hogar. Callar o no callar parece ser la cuestión. Muchas veces los miembros de una pareja no dicen lo que piensan para no herir a la otra parte o para evitar que la discusión llegue a instancias de las que difícilmente se pueda volver.
Los especialistas sostienen que al encarar una discusión es necesario hacerse preguntas que aporten a despejar cuál es el tema que ocasiona el conflicto ya que muchas veces se pelea sobre la gota que colmó el vaso y no sobre el contenido. Muchas disputas se refieren a temas enmascarados que se esconden en la necesidad de ser reconocido, respetado, comprendido o valorado por la pareja.
Consejos:

  • Evitar expresarse y pensar en términos extremos.
  • Tratar de resolver los problemas en la medida que van apareciendo.
  • Intentar entender el punto de vista del otro. Confiar en que lo que le pasa y la manera en que lo expresa es la única forma que sabe o tiene para hacerlo.
  • No dar golpes bajos: quitan la disposición del otro para que pueda empatizar con nosotros.
  • Referirse en la mayor medida posible a uno mismo. No perderse en frases centradas en lo que el otro hizo mal.
  • Tratar de pensar en varias alternativas de solución y validar las que el otro ofrece.
  • Cuidar las formas. Es fundamental para que el otro pueda prestar atención al contenido de lo que estamos tratando de decir.

“Es bueno callar cuando no están dadas las condiciones para una discusión. Antes de reaccionar, uno debe tratar de dimensionar la situación y tener en cuenta si el otro está en un momento en que pueda disponerse a discutir”, dice la licenciada en psicología Viviana Sánchez Negrette, especialista en terapia familiar. Tampoco es conveniente hablar cuando uno no está seguro de lo que quiere decir, y menos iniciar la discusión con una falta de respeto, una ironía o desvalorizando al otro.

En cambio, cuando uno siente que está preparado emocionalmente para afrontar ese tipo de situaciones angustiosas es un buen momento para no guardar esos sentimientos. En estos casos es importante analizar de qué forma es conveniente iniciar el diálogo.

“Cuando el planteo se refiere a algo que es importante, que ya lo hemos hablado otras veces y no hemos notado voluntad de cambio en el otro, el planteo tiene que ser firme. Firme quiere decir claro, con seguridad, tratando de no adoptar una postura acusatoria”, expresa la licenciada en Psicología María Gabriela Fernández.

Lo fundamental es hacer hincapié en la comunicación porque las frases acusatorias “distraen” al otro del objetivo inicial que es escuchar y comprender el reclamo para que la conversación llegue a buen puerto. En vez de decir “Cuando te vas, me dejás sola”, sería mucho más productivo afirmar “cuando te vas, me siento sola” para no incluir ni involucrar al otro en ese sentimiento que expresa una emoción personal, ejemplifica Fernández. Es importante tomar a la discusión como un proceso de intercambio donde el objetivo sea lograr un acuerdo por el que ambas partes deberán negociar.

Las discusiones son necesarias ya que implican crecimiento, sirven para pulir asperezas y para dar a conocer las propias preocupaciones o interpretaciones de determinadas actitudes o hechos. También son provechosas para puntualizar aquello en lo que uno no está conforme para que el compañero modifique un modo de comportamiento que permita lograr bienestar en la situación conyugal.

“Es positivo ir despejando las preocupaciones, los temores y los desacuerdos cuando aparecen y no después de mucho tiempo, cuando ya se acumularon con otros temas.

El otro quizás no recuerde un hecho determinado y no pueda darle el peso que reviste para el que lo expone”, dice Sánchez Negrette.

Una forma de evaluar estas peleas como positivas se da cuando un miembro de la pareja siente que el otro puede ponerse en su lugar y respetar su punto de vista.

Esto contribuye a bajar los decibeles y a sentirse más unidos.

NO DEBEN PRESENCIAR LAS DISCUSIONES DE SUS PADRES

Los chicos, bien lejos de las peleas

Muchas veces las discusiones entre los adultos tienen como testigos no deseados a los hijos que absorben como una esponja todo lo negativo de esos enfrentamientos. En los niños es muy habitual el sentimiento de que las peleas surgen por culpa de ellos que los hicieron enojar. Y se sienten culpables.

“Las repercusiones de ver a sus padres discutir son nefastas. Sufren mucho, les da miedo, no sienten a sus padres como una base segura, consistentes y sólidos”, sostiene la licenciada Fernández.

En muchos casos esas discusiones quedan como marcas en sus vidas y en la relación que mantendrán con sus compañeros o amigos y luego con sus propias parejas cuando sean adultos. Además, los deja en una posición de impotencia donde no sólo es espectador de la violencia sino que es su principal víctima.

“Frente a las peleas de sus padres ellos verán como única alternativa para resolver antagonismos el poder de la violencia, de quién grita más fuerte, pega el peor portazo y no formas que incluyan el respeto, el valor del diálogo aunque este tenga características más enfáticas o contenga un tono diferente”, opina la licenciada Sanchez Negrette.

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Autor: Diario Clarin Edición Impresa Martes 09 de agosto de 2011.

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